domingo, 30 de mayo de 2010

Es fácil matar a un perro por Fco García Pérez



http://www.lne.es/opinion/2010/05/26/facil-matar-perro/920622.html



FRANCISCO GARCÍA PÉREZ Casi atropello a un perro en el viaducto de Fontecha, en la Autovía de la Plata, en la provincia de León, en una reciente mañana de mayo, con 33º de temperatura exterior. Vi el volantazo del coche que me precedía, di mi propio volantazo, esquivé por un pelo al infeliz, pero tuve tiempo de ver su cara, los ojos de aquel setter condenado a muerte inminente, en medio de la calzada, aguardando el fatal despiste de otro conductor o el golpe de calor definitivo que lo acabase, como su lengua ansiosa mostraba. Por ello, porque mal duermo desde entonces con la imagen de ese perro, en ese instante tan fugaz como permanente va a ser para mí, no quiero largarles un rollo sobre la bondad canina. Quiero hablarles del Mal.

No es fácil matar a un perro abandonándolo en una autovía. Es muy complicado. Requiere planificación, conjura familiar, alevosía, decisión para el crimen, ausencia total de escrúpulos, cobardía infinita, amoralidad más que inmoralidad, desprecio por la vida de ese animal y de los animales humanos que, como yo, estuvimos en un tris de comernos la barandilla del puente y quedar allí secos. Requiere ser malo de una pieza, requiere estar poseído por el Mal. Me gustaría que imaginasen la escena: un canalla decide que su animal estorba, que molesta, que ya no sirve. Hay que eliminarlo. No hay valor para darle matarile cara a cara, ni tiempo para acogerlo en una perrera. Entonces, logrado el acuerdo de su familia y de sus allegados (que no preguntarán qué ha sido del perro, que mirarán para el lado de los cómplices silenciosos del verdugo), el grandísimo miserable decide exponerlo a una muerte segura. Pero no es fácil: hay que subirlo al coche con engaños (los perros olfatean las catástrofes); hay que ponerse al volante consciente de lo que se va a hacer; hay que estacionar el vehículo; bajar a quien tantas veces nos dio lametones de cariño, a quien aguardaba nuestra llegada a casa como la gran fiesta del día; escapar raudo; no mirar por el retrovisor; pararse a tomar una cervecita, quizá con unas gambitas, unas aceitunitas, con la conciencia adormilada aunque se acabe de cometer un crimen.

Porque ése es el quid del asunto. La maldad nace, se reproduce en los cerebros podridos y se manifiesta de muchas abominables maneras. Pero el Mal es siempre el mismo. Quien decide abandonar a un perro exponiéndolo a varios tipos de muerte atroz, con todo el minucioso trabajo criminal que conlleva, es perfectamente capaz de cualquier cosa. Ese tipo es un enfermo grave, que precisa tratamiento inmediato, con reclusión, sin duda. Hay que protegerse de él, hay que protegerse del Mal encarnado en un sádico que desprecia la vida de sus semejantes, a quienes expone a un accidente mortal, y de un perro que, sin duda, lo miró tantas veces como se mira a un dios. Mucho cuidado con él, con ella, con ellos, con ellas. Son gente mala, esencial y completamente mala, capaz de perpetrar cualquier horror. No es fácil matar a un perro. Se precisa antes el largo proceso de convertirse día a día, paso a paso, en un acabado y grandísimo hijo de puta.

sábado, 29 de mayo de 2010

Y ¿quién compadece al toro? Por Julio Ortega




Pocos, muy pocos han sido los medios de prensa escrita que estos días no han publicado la impactante imagen de la cogida del matador Julio Aparicio, esa en la que el pitón del toro le entra por la garganta y le asoma por la boca. Y supongo que nadie, con un mínimo de sensibilidad, ha dejado de experimentar un estremecimiento de horror ante semejante escena.
La figura del hombre ensartado se muestra en la parte izquierda de la instantánea, pero yo me pregunto, ¿cuántos han reparado en la zona de la derecha de esa misma fotografía?, allí dónde se contempla una gran mancha roja de sangre sobre el cuerpo de toro, la que brota del agujero provocado por la pica y del lugar en el que aparecen, también ensartadas, varias banderillas.
El sobrecogimiento para el dolor del torero, la indiferencia para el sufrimiento del animal. Curiosa postura, y muy parcial, sobre todo teniendo en cuenta que la angustia y las heridas de uno y de otro, son el resultado del placer y del negocio que el ser humano obtiene de la tortura de un toro y que éste último, nunca elige participar en tan brutal y repugnante representación.
Nos hablan los periódicos de la entereza, del valor y de la dignidad de Julio Aparicio, de su tranquilidad, porque, afirman, "los grandes toreros son así". Él está sereno, Opíparo está muerto, como los toros a los que el matarife cortó las orejas un día antes en Nimes, como los que seguirán padeciendo y muriendo bajo su espada una vez que se haya restablecido y regrese a esos infamantes ruedos donde se entremezclan la vergüenza, el atraso, la angustia y la muerte.
Debería, la imagen de la cogida, ser razón suficiente como para prohibir de una vez por todas y sin excepciones una tradición criminal, letal para todos los toros y de vez en cuando también para algún hombre, a la que siguen asistiendo niños, que se promueve y subvenciona desde instancias oficiales y que cuenta con el respaldo de personajes muy poderosos. En definitiva, todo un aparato al servicio de una costumbre que nos equipara con los pueblos más salvajes del Planeta y que echa por tierra nuestro pretendido afán de universalización de los derechos.
Quien practica la violencia, el que vive de ella, el que la ensalza y procura su continuidad, no merece ser llamado héroe, sino individuo nocivo, porque lo es tanto para sus víctimas como para la sociedad en la que da rienda suelta a su agresividad con incomprensible impunidad. Y que ningún taurino diga que me alegro de la suerte de este torero, no lo hago tampoco cuando un pirómano se abrasa con las llamas que ha provocado, pero no olvidemos que las heridas, por graves o espectaculares que sean, no otorgan ética a conductas que carecen de ella. E ignorar que los toros son asesinados en razón de su especie, es una demostración de lo que digo.